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DE HABLA Y DE FÁBULA... IV

DE HABLA Y DE FÁBULA... IV

De habla y de fábula
El habla, la competencia de los hablantes, es la protagonista de varios tiempos y espacios a los que Ibeas llama exilios. “Un simple viaje en autobús o tranvía puede transformarse en
una torre de Babel”.

 “ De la lengua, el habla y otros exilios…” por Mariano Ibeas Gutiérrez

Publicado en la revista "CRISIS" Nº 4.

IV

Hablo de la especialidad de Filosofía y Filología,  Lengua y Literatura, claro. A mi catedrático lo conocí en una ocasión en la que fuimos a protestar a su despacho por la falta de organización y coherencia en la impartición de las clases. Debo decir que terminé mi Licenciatura y nunca en ninguna clase, se me habló de Cervantes, por ejemplo. Debo decir también que mi catedrático terminó de Director de la Real Academia Española y yo de profesor de enseñanzas medias, pero esta es otra historia.

En los años a que me refiero,  el estructuralismo y las doctrinas de Ferdinand de Saussure hacían furor y los profesores repetían como loritos las famosas “dicotomías” sobre el Signo lingüístico: Significante/Significado o Lengua/Habla esta última mejorada por las afirmaciones de Noam Chomsky que habla más bien de “competencia lingüística” o la capacidad de los “hablantes” de manejarse dentro de un sistema de lengua determinado… Podríamos ir más lejos y hablar de formalismos, de sociología y de psicolingüística,  e incluso de las “cajas de enseñar” de Skinner… pero basta de citas; los resultados prácticos fueron aquellos años de la Ley de Educación de Villar Palasí de 1970 con todas sus consecuencias sobre los futuros engendros pedagógicos y didácticos que se sucedieron en el país hasta la última “Ley de Wert” , séptima de la serie, que acaba de aprobarse, contra todo y contra todos, por obra y gracia de una mayoría absoluta en el parlamento.

(Continuará)


DE HABLA Y DE FÁBULA...III

DE HABLA Y DE FÁBULA...III

De habla y de fábula
El habla, la competencia de los hablantes, es la protagonista de varios tiempos y espacios a los que Ibeas llama exilios. “Un simple viaje en autobús o tranvía puede transformarse en
una torre de Babel”.

 “ De la lengua, el habla y otros exilios…” por Mariano Ibeas Gutiérrez

Publicado en la revista "CRISIS" Nº 4.


III

El tercer exilio me llegó a los once años con el bachiller, el internado,  a 200 km. del domicilio de mis padres, era un microcosmos, con profesores que tenían a gala hablar un castellano “mejor que el de Valladolid”. Mis compañeros del Norte, desde Galicia a Aragón,  venían cada uno con un acento particular y todo se barajaba en un “totum revolutum” con un medio ambiente alrededor, hoy desconocido,  en el que sólo hablaban “euskera” los “casheros” y los “arrantzales”,  o sea, agricultores y pescadores. Era la entrada a una “aldea global”.

El cuarto  exilio suponía un nuevo choque, el servicio militar obligatorio. Para la mayoría era la primera ocasión en la que se entraba en contacto con los “otros jóvenes” se realizaban grandes amistades pasajeras, se despertaban rasgos de solidaridad y se descubría al otro en forma de “polaco” o catalán,  “cántabro” o “castellano” por ejemplo, que a veces sonaba como un insulto. El diferente, pasaba a ser próximo, prójimo, mío o nuestro, y éste fue también un buen elemento de socialización o a veces de confrontación. Nadie parece echar en falta esta etapa que actualmente para los jóvenes, se ha transformado en el movimiento “Erasmus” ampliando horizontes y experiencia en Europa y con resultados dispares que van desde el “viaje iniciático” o el turismo a una oportunidad profesional.

Pertenezco a una generación que se educó en la Universidad en los años del estructuralismo, también en los del existencialismo, la nueva novela, el Mayo del 68  y el boom latinoamericano. O sea, para ser más preciso,  en los años en que las cátedras eran mantenidas a distancia por los catedráticos y los “penenes” se ocupaban de llenar los huecos en las clases; cada uno se ocupaba de impartir parte de su “tesis doctoral” recién estrenada que era realmente en el ámbito donde se encontraba más seguros y sus conocimientos eran todavía frescos y más o menos actuales. Corrimos el peligro de integrarnos en un nuevo exilio en el que la lengua era ante todo un artefacto teórico sin ninguna conexión con la realidad circundante, el mundo de los libros, de la literatura, de lo que algunos llaman en la actualidad “lo viejuno”.

 

(Continuará)

DE HABLA Y DE FÁBULA...II

DE HABLA Y DE FÁBULA...II

De habla y de fábula
El habla, la competencia de los hablantes, es la protagonista de varios tiempos y espacios a los que Ibeas llama exilios. “Un simple viaje en autobús o tranvía puede transformarse en
una torre de Babel”.

 “ De la lengua, el habla y otros exilios…” por Mariano Ibeas Gutiérrez

Publicado en la revista "CRISIS" Nº 4.

 

II 

Y el primer exilio es la escuela.

Salir de casa es una forma de romper con el espacio próximo, perder la seguridad, el gineceo, el refugio de los brazos de la madre, para  enfrentarse al otro que es como tú pero distinto, que llora igual, pero que habla distinto. Hoy, la escuela, y sobre todo la escuela  pública de determinados barrios, parece una delegación de la ONU. Un lugar donde nuestros hijos se encuentran confrontados a la diversidad y a la necesidad de la socialización en distintas lenguas. Y no hablamos ya de comunidades donde la lengua es doble__ o triple__ y el hecho diferencial significativo. Los profesores que se encuentran al cargo de estas clases lo saben muy bien… y la socialización empieza con el lenguaje.

La calle también. Este sería nuestro segundo exilio.

Para los que nos educamos todavía un tanto salvajes en zonas rurales, la calle además de un enorme patio de recreo sin barreras demasiado visibles, era también un fértil campo de experiencias y también de socialización, por supuesto, pero incluía una importante parcela de plaza pública, de teatro al aire libre, de balcón al exterior en suma,  lo que más tarde se llamaría “un aula sin muros”. Rápidamente tomamos conciencia de quiénes éramos y quienes no eran como nosotros, “los de la capital” por ejemplo, que eran muy señoritos, vestían de forma más elegante y que no hablaban igual que nosotros. Incluso nuestros vecinos más próximos, aunque estuviesen alejados pocos kilómetros, se les notaba en el habla, en “el deje” o el acento. Y es que la idea de pertenencia se forja a partir de unos pocos rasgos. Sólo las veleidades nacionalistas hacen de estos rasgos superficiales una cuestión esencial.

Pero éste no es el tema: Hablaremos del habla.

Nuestros maestros, además de todos los conocidos, padres y hermanos, otros   familiares, parientes y vecinos,__ “para educar a un niño se necesita la tribu entera”__, eran también un numeroso elenco de desconocidos. Antes de que llegara la radio y mucho antes de la televisión, tuvimos acceso a un sinnúmero de actores  que aparecían de forma regular ante nuestros ojos. El espectáculo estaba en la calle. Así por encima quiero recordar vagabundos, gitanos y tratantes de ganado, pasiegos del valle de Pas, quincalleros, componedores, saltimbanquis, estañadores y paragüeros, trilleros  y cedaceros de Cantalejo, carreteros, músicos y titiriteros, vendedores ambulantes de las más variopintas mercancías, afiladores gallegos, húngaros domadores de osos… Todos tenían un habla particular y algunos, claramente tenían dificultades para hacerse entender, otros ”hablaban raro”.

Siempre he sostenido que mi “patria” se reduce a la suela de mis zapatos; es ahí donde mantengo el contacto más directo con la tierra que me sostiene y que,  como condición  de mi esencia de hombre, me permite estar de pie. Al mismo tiempo me liga a mis raíces a mis “patres” o sea, a mis antepasados. Es la raíz del patriotismo, y para algunos, la única patria reconocible, después de muchos exilios, es la lengua. Así,  son los padres los que dejan habitualmente la marca más indeleble.

 (Continuará)

DE HABLA Y DE FÁBULA... I

DE HABLA Y DE FÁBULA... I

De habla y de fábula
De la lengua, el habla y otros exilios...
Mariano Ibeas Gutiérrez
El habla, la competencia de los hablantes, es la protagonista de varios tiempos y espacios a los que Ibeas llama exilios. “Un simple viaje en autobús o tranvía puede transformarse en
una torre de Babel”.

 

“ De la lengua, el habla y otros exilios…” por Mariano Ibeas Gutiérrez

Publicado en la revista "CRISIS" Nº 4.

 

“__ Lo entiendo. No se preocupe. Estoy, además, acostumbrado. Nací en Ainhoa, en el país vasco francés. Mis padres eran de Bayona. Pero por diversas circunstancias familiares, hice mis estudios en San Sebastián y luego comencé en Bilbao la carrera de marino. Soy totalmente bilingüe, pero en cada idioma arrastro el acento del otro. Otro motivo de curiosidad es mi nombre. Aquí los americanos me dicen John y les parece de lo más natural.

__ Pues yo __le contesté___ desde cuando le oí el nombre sospeché su origen vasco. Tengo un amigo de Bilbao que se llama también Jon. Muy buen poeta por cierto”

           ( De Álvaro Mutis, “Andancias y tribulaciones de Maqroll, el Gaviero”)

 

Casi hubiese podido reproducir este diálogo punto por punto en primera persona;  sin traicionar mucho a los hechos y en aras de la veracidad de la historia, sólo debería cambiar mínimamente los nombres propios… dicen los de Bilbao que cualquiera puede nacer en cualquier sitio, pero sólo ellos son de donde les da la gana.

Así, pues  voy a hablar de mi propia experiencia.

Y para que no me traicione el subconsciente me limitaré a constatar algunos hechos.

Así por encima, se han publicado estos datos en el “Heraldo  de Aragón” del día del Pilar de 2013, “Zaragoza, con 701.705 habitantes, pierde población por primera vez en una década” y nos enteramos también de que:  “ 32.923 son inmigrantes de Rumanía, 7.950 de Marruecos, 6.723 de Ecuador, 5.911 de China, 4.828 de Colombia, 4.716 de Nicaragua, 3.495 de Argelia, 2.951 de Senegal, 2.046 de Portugal, 1.941 de la República Dominicana y 1.914 de Ghana…”

Un simple viaje en autobús o tranvía puede transformarse en una torre de Babel, teléfonos móviles mediante. La lengua la hacen los hablantes y ésta es una herramienta que se fabrica, se perfecciona, se pule, se modifica, se cambia a lo largo de toda la vida.

Estamos instalados en la diversidad, en la globalización, en el mestizaje, la mezcla y la composición de la lengua que utilizamos y sobre todo del habla, es decir, de la competencia de los hablantes, de la forma en que cada hablante utiliza su herramienta, no es más que el resultado de algunas circunstancias históricas; es precisamente este uso el que termina teniendo carácter normativo, porque la lengua es esencialmente social. Al proceso de formación y conformación que hace cada individuo de su propia herramienta, de su habla,  yo le llamo los exilios.

 

(Continuará)

LA HERENCIA DE DON ALEJANDRO... II

LA HERENCIA DE DON ALEJANDRO... II

 

 

La herencia de Don Alejandro (II)


Eran,  al parecer, viejos cuentos baturros, algún libro sobre abejas y su cuidado y también las teorías “non sanctas “ de algún seguidor o divulgador de Darwin, sobre el origen del mundo, la evolución de las especies y los primeros pasos del hombre sobre la tierra. Todo ello, ya digo, al margen de la Biblia, cuya existencia sólo conocíamos entonces como Historia Sagrada y por virtud de los Nuevos Santos  Padres del nacional, católico y fascismo rampante,__ Astete-Vilariño  o Ripalda, a elegir según las diócesis__, con el “nihil obstat” y el  imprimatur” correspondiente del obispo de turno,  y cuyo catecismo, de obligado cumplimiento, recitábamos en la escuela o en la iglesia a voz en grito, como el mismo entusiasmo que la tabla de multiplicar o la lista de los reyes godos.

            

                Yo añadía a la maleta y a la colección de libros del desván mis tesoros más recientes, algunos herencia de mis primos de Madrid, un detalle que mi tío Cipriano  me hacía porque ”yo era muy cuidadoso con los libros”.

                Así llegaron a mi poder algunos números del “Capitán Trueno” o de “El Jabato”, “El Guerrero del Antifaz”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, además del “T.B.O.”, “Pulgarcito” o  “Pumki”.

                Luego la colección se completaba con algunos ejemplares de la “Colección Historias” de Bruguera, o algunos librillos de la “Editorial Calleja” o la “Colección Pulga”,  y ya después algunas  cosas más serias.

 No es de extrañar que mi abuela Eusebia echase pestes de mi afición a la lectura, porque tardaba en acudir a la mesa y para ella las horas de la comida y de la cena eran sagradas: no podía enfriarse la sopa o el cocido, porque para eso llevaba ella toda la mañana avivando el fuego, arrimano tapando y destapando ollas y arrimando pucheros en el fuego del hogar.

                Yo sabía de su buen o mal humor del día por el ruido o la violencia con que manejaba las “coberteras”, como ella decía.

__ Porra de chico, siempre está entre librotes y no piensa ni en comer__, decía.

 

Mariano Ibeas

 

LA HERENCIA DE DON ALEJANDRO...

LA HERENCIA DE DON ALEJANDRO...

 

 

La herencia de Don Alejandro (I)

 

La ilustración del siglo XIX había llegado antes a la casa de mi abuela a lomos de una mula que, además de cargar la vieja mesa de nogal, __el tablero todo de una pieza__ trajo también al ajuar de la casa restos de vajilla descabalada, pocillos de café o de chocolate, algunos desportillados, pero que habían lucido en las meriendas de la rectoral e incluso antes de eso, en mejores mesas; también cargó la mula con los libracos de un tío cura, que por lo que deduje, se llamaba  Don Alejandro.

                Yo, sentado en el suelo, en los sacos o en los montones de grano del desván, había hojeado siempre aquellos libracos  enormes, algunos con cierres de metal,  que pesaban como hierro sobre mis piernas. Y pasaba las horas  descifrando aquellos mensajes extraños y misteriosos, algunos en latín,  otros, los más, seguían siendo un enigma y no pasaba de la primero página.

Los libracos siguieron estando en el desván hasta que una reforma reciente del tejado de la casa,  los entregó como botín a un ropavejero, anticuario o chamarilero que sólo se interesó por los de mayor fuste, unos libros  in folio o en cuarto encuadernados en tela y lomo de cuero, con guardas y cierres de bronce… el resto de los libros debió perecer en algún fuego purificador en el patio trasero o en la huerta, como sucedió en el expurgo de la biblioteca de nuestro señor Don Quijote.

                En este caso, la purificación por el fuego, se debió a la furia limpiadora de mi tía y de mis primas. Aquellos libros siempre añorados desaparecieron para siempre…  todos menos uno, un manuscrito  con letra cuidada y repulida que terminaba así: “Dado en Aoíz a tantos de tantos de mil ochocientos tantos”… pero ésta es otra historia que volveré a contar más de una vez.

                Mi memoria de seis o siete años me dice que pronto  fui capaz de deletrear algunos de aquellos títulos en letra gótica y  numeración romana, me dice que, aparte de algunos libros de tamaño pequeño, obras de piedad o devocionarios,  se trataba en su  mayor parte de algunos tomos sueltos de  “La ciudad de Dios” de San Agustín, algún devocionario o libro canónico de horas en latín, de las prolijas obras de devoción en ediciones decimonónicas y también otros, cuya lectura al parecer mi abuelo solía realizar en las largas veladas de invierno…

Mariano Ibeas

 

 

HOY AL ATARDECER...

HOY AL ATARDECER...

HOY AL ATARDECER...

Hoy, al atardecer,

he visto la danza volátil

de los estorninos,

una locura global, sin liderazgo,

como las gotas del mar

que rompen violentas

contra las rompientes,

como las arenas del desierto

amontonando dunas,

como los átomos de fuego

en el incendio del cielo...



                     Mariano Ibeas

ANTES DE QUE SE VAYAN... LAS GRULLAS

ANTES DE QUE SE VAYAN... LAS GRULLAS

Llegan las grullas

 

 

Llegan las grullas

como  un bumerang

que cruza el cielo

en su viaje de ida;

ahí están gritando bienvenida

__ bien llegada ya  a

         la puerta del invierno__

han llegado ya

         al término del viaje

y trazan en la pared

         del cielo

la “uve” de victoria.

 

                            Mariano Ibeas

ABRO LA MALETA...

ABRO LA MALETA...

ABRO LA MALETA...



Abro la maleta,
la vieja maleta de cartón en el desván
y me saltan a la cara
los fantasmas de la infancia:
__ “ Colegio San Miguel" __
los cuadernos de Historia,
de Literatura ,
de Ciencias Naturales,
de Francés…
Método de Francés.
Dr. Albiñana Goussard,
catedrático del Instituto “Goya” de Zaragoza
Método de Latín “Le Petitmangin”
y un viejo misal del P. Nácar – Colunga…
Todo encerrado en el polvo
y en el silencio roto
por los gorriones y los vencejos.
Todo queda tan lejos
en el espacio y en el tiempo.
Algunos cromos de una colección de cromos,
__ ¿de qué?
__ Ni lo recuerdo.
y todo me parece tan lejano
tan triste
y tan viejo…
El viejo soy yo
y la maleta es el espejo.

 

Mariano Ibeas

YO NACÍ EN EL NEOLÍTICO... II

YO NACÍ EN EL NEOLÍTICO... II

 

Yo nací en el neolítico II

 

Pronto comenzó la emigración; en los años cincuenta, una familia no podía repartir la herencia entre los hijos; no era viable un reparto entre las familias de tres, cinco o siete hijos, ni siquiera juntando las suertes por matrimonio entre las distintas familias; la substitución de los animales por la maquinaria agrícola y la concentración parcelaria hicieron el resto, ahorrando mano de obra.

No solucionaron las cosas, el revés, aceleraron la diáspora.

 Los primeros que levantaron el vuelo fueron los de la señora Antonia, que era viuda y tenía un montón de hijos. Pusieron en venta o en almoneda todos sus bienes, desde la casa,__ la mejor y la más grande del pueblo que compró mi tío Amancio__, hasta los cestos o las banquetas del ordeño, todo,  y se fueron a Barcelona, y casi nadie supo nada de ellos a partir de entonces…

Otros contaban maravillas de las posibilidades abiertas en Burgos, Bilbao, Valladolid, en Ermua o en Rentería, por ejemplo, y mis numerosos primos comenzaron a irse poco a poco; un hermano arrastraba a otro “a la capital” y encontraban trabajo, porque en el pueblo, a partir de septiembre, recogida ya la cosecha, no había nada que hacer;  así que aprovechando el viaje del camión de la paja o en el autobús de línea, poco  a  poco el pueblo se fue despoblando.

Otros al fin buscaban una salida en los frailes o el convento de monjas; era la única manera posible de hacer el bachillerato en un internado, cuando el ”colegio de pago” o el instituto más próximo se encontraba a decenas de kilómetros del pueblo y sólo al alcance  de los más pudientes, y fuera de las posibilidades de familias como la mía.

Mariano Ibeas 

AYER, EL NEOLÍTICO... I

AYER, EL NEOLÍTICO... I

 

AYER, EL NEOLÍTICO

    “No te podrán quitar el dolorido sentir”    Garcilaso

  “Una ciudad y un balcón “ de “Castilla”    Azorín

                       

                                               I

Yo nací en el neolítico

 Tengo que vigilar este corrector de textos, a la que me descuido y escribo Garcilaso, él me corrige la plana y escribe Garcilazo, sin tener en cuenta que me estoy refiriendo, claro está,  al gran  Garci Lasso de la Vega.

         Cuando los libros se componían a mano, con caracteres  de plomo en la imprenta, no ocurrían semejantes fechorías, pero eso era antes, en la era de Gutemberg, hoy la galaxia Mc Luhan aporta otras sorpresas. No hubiera nunca imaginado pasar, en sesenta años, del neolítico al ciberespacio.

          Yo nací en el neolítico.

El pueblo de mis padres,__ yo nací por casualidad en Burgos__ era una aldea de 30 vecinos y 120 habitantes más o menos, al norte, ya en la Bureba, pero al límite con las tierras del Arlanzón. Le decían a la comarca “las torcas”, por el relieve de montes y calveros fuertemente erosionados y recorridos por pequeños valles y barrancos que permitían una cierta agricultura y una ganadería de supervivencia, una economía redondeada con el fruto de las huertas y la leña abundante y a veces el carbón procedente de las suertes del monte de carrascas. Pero en realidad era ya la Bureba, en el límite sur de lo que fue el dominio de los "austrigones".

                  Hacía algunos años que había “venido la luz”, y con ella nuevos tendidos y la novedad en las casas. Nosotros, los chicos, seguíamos, después de la escuela, el progreso del tendido, desde el vecino pueblo de Melgosa, con el olor a creosota de los postes, la construcción del transformador junto a la iglesia, la iluminación de las calles: una simple bombilla en las esquinas y la llegada de la electricidad hasta las casas, con un “contador de luz”  que permitía controlar el gasto: una bombilla que a veces iluminaba dos estancias contiguas, luz en la cuadra o en la cocina, y la posibilidad de enchufar un aparato de radio, toda una revolución, sobre todo por la radio.

Antes, antes de la guerra,  hubo un tendido desde una pequeña “fábrica de luz” o central próxima en el río Buezo,   cerca del santuario de Santa Casilda, pero que se prendió fuego en los años inmediatos a la guerra; así, pues,  el paisaje de mi  infancia lo entreveo a la luz de los sistemas de iluminación tradicionales: el fuego de leña del hogar, los candiles de aceite, las velas de cera o de "esperma" o el farol al abrigo de los vientos, la luz del carburo e incluso el quinqué de petróleo, todos ellos forman parte de la luz que alumbró el tiempo y del espacio  de mi infancia.

Con la llegada de la electricidad, se había producido una verdadera revolución, sin embargo; con "la luz" llegó también  la radio y las noticias empezaron a correr de boca en boca: había otro mundo fuera de allí y los primeros que lo entendieron fueron los jóvenes.

 Mariano Ibeas

EL MOLINO INDIANO...

EL MOLINO INDIANO...

El Molino Indiano…

Este ultimo término, como la huerta de La Olmera,  tenía  para la familia un sentido particular. Mi familia había heredado dos o tres edificios en ruinas; dos de ellos habían sido viejos molinos harineros en el cauce del río Zorita. El primero frente a la era de trillar, el segundo frente a la huerta de arriba que todavía conservaba la planta baja, donde se guardaba al fresco la cosecha de patatas y el tercero, era "el molino de abajo", y para la familia "El molino indiano", que todavía funcionaba para moler el cereal y conseguir la harina de cebada o centeno para pienso de los animales.

Efectivamente, allí había un molino de harina, explotado por el concejo, nada que ver por lo tanto con un “trapiche” o molino de caña de azúcar, un “ingenio” de los que se encontraban en Cuba. A saber cuál era el origen de semejante nombre. Teníamos cerca una finca. Todo el lindero estaba plantado de ciruelos de variedades distintas que ofrecían generosos sus frutos cada año y que tenían para mí un recuerdo en particular. Las ciruelas eran responsables de algún dolor de tripa cada año, pero el lugar, con un arroyo alrededor de la finca, estaba también plagado de zarzas y de espinos y guarda para mí un suceso doloroso de recordar.

Yo tenía siete u ocho años. Montaba a pelo en una yegua que para mí tamaño de entonces era enorme y no debía soportar demasiado a gusto mi ligero peso, el azuzar de mis talones y mis golpes en la grupa con las riendas.  Yo iba al trote y al pasar junto a la finca, la yegua bajó la cabeza y las ramas bajas de los ciruelos me barrieron literalmente del lomo de la bestia y yo caí entre las zarzas, los espinos y de los endrinos que también allí crecían con abundancia. Aún me duele el recordar el episodio y no sé todavía si fueron  lo  peor los arañazos o me dolió más la humillación y la indignidad de la caída y la vergüenza.

Lecciones de cosas, una vez más.

 

Mariano Ibeas

FLORBELA SPANCA

FLORBELA  SPANCA

Ser Poeta

Ser poeta é ser mais alto, é ser maior
Do que os homens! Morder como quem beija!
É ser mendigo e dar como quem seja
Rei do Reino de Áquem e de Além Dor!

É ter de mil desejos o esplendor
E não saber sequer que se deseja!
É ter cá dentro um astro que flameja,
É ter garras e asas de condor!

É ter fome, é ter sede de Infinito!
Por elmo, as manhãs de oiro e de cetim...
É condensar o mundo num só grito!

E é amar-te, assim, perdidamente...
É seres alma, e sangue, e vida em mim
E dizê-lo cantando a toda a gente!

 

FLORBELA SPANCA

COMO UNA RESPIRACIÓN EN EL TIEMPO...

COMO UNA RESPIRACIÓN EN EL TIEMPO...

Como una respiración en el tiempo.

 

_ ¿Y por qué  has puesto una coma al hablar del guepardo?

                            _  “rápido y voraz?”

                            _  Sí.

_  “Porque ambos estamos sentados y nos miramos  uno a otro, y porque ahora, esa coma forma parte de mi sabiduría.”

_  Como una respiración en el tiempo.

 

                       Luis Carlos Patraquim (poeta mozambiqueño)

 

         Como una respiración en el tiempo

coma, punto y coma

y no me canso de alentar:

entiendo que hay que pensar

las  palabras,

         y que hay que sentir los silencios,

         por eso me paro

         a pensar tras cada coma,

         coma, coma, carcoma,

         la que se me roe el tiempo;

         cada vez que las enciendo,

         las palabras,

         me estallan en las manos.

         y vuelan lejos,

         a veces se van solas,

         rompiendo los deseos,

         libres ya de los sueños

         que duermen desde dentro,

         y, solo al final,

         las recupero, tras una coma,

 y, a veces, un punto de  reposo:

escribo  y respiro

al mismo tiempo en cada verso;

_ en los latidos del corazón,

se cuentan los misterios_

y solo vivo, tras una coma,

el ir y venir del péndulo.                           

 

Mariano Ibeas

Y FELIZ AÑO A TODOS

Y FELIZ AÑO A TODOS

Este blog que ya ha cumplido OCHO AÑOS

y ha recibido casi 200.000 visitas,


quiere agradecer a todos

su fidelidad,

alguna sonrisa,

alguna sorpresa,

toda su paciencia,

sus comentarios,

y sobre todo

sus buenos deseos de paz, alegría, salud

y todo lo demás...

 

                       FELIZ AÑO 2014

 

Mariano Ibeas

 

La foto corresponde al monte Cervino, entre nubes, este verano pasado.

EL OLENTZERO

EL OLENTZERO

 

En el País Vasco la tradición quiere que los regalos de Navidad los traiga el Olentzero, un personaje que a veces se trastoca con el “carbonero” o “el hombre del saco” que asusta a los niños  o les regala carbón cuando no son buenos. Como casi es tradición, traigo este cuento aquí para desearos una feliz Navidad... y recordaros que este blog cumple ya OCHO AÑOS.

 

                   EL  OLENTZERO

 

Se despertó despacio, se incorporó a duras penas, se sacudió de un manotazo la nieve que le cubría la cara y le nublaba la vista y sintió un fuerte dolor de cabeza, una extraña sensación y el acre sabor de la madera; se rascó con parsimonia el colodrillo por debajo del gorro rojo de lana, miró alrededor e insistió de nuevo como frente a un espejo, explorando todo su corpachón con manos torpes..., se quitó las manoplas, y comprendió que algo no encajaba ni en el paisaje alrededor, ni en su cabeza: tenía un chichón considerable y restos de sangre reseca en la frente; estaba sentado en el suelo, bajo un abeto, sobre la nieve, sucia de restos de carbón; uno de los renos le miraba fijamente con cara estúpida sin dejar de rumiar.

Le pareció un poco ridículo el disfraz rojo que llevaba, con los puños, el cuello y la orla de armiño bastante deslucidos por el uso; aunque sólo fuese una vez al año, pero no había manera de convencer a la jerarquía de que cambiasen el color del uniforme; había que morir al palo.

Había sido un día muy ajetreado, y luego se prolongó en una larga velada en el albergue, el calor de la chimenea, con la conversación distendida

y feliz de los parroquianos y el licor de bayas rojas, _  demasiado licor de bayas rojas_ y ya  sólo le quedaban unos pocos regalos de Navidad por repartir...

¡Regalos!;  se puso de pie con rapidez, todavía  inseguro recuperó las riendas, el trineo volaba sobre la nieve... pero algo no encajaba en su cabeza;  consiguió reunir las piezas del puzle: demasiadas manchas de carbón, algunos paquetes de regalo abiertos... unas huellas de pies humanos que se alejaban en la nieve, más restos de carbón de encina, polvo de cisco para el brasero...

Suspiró profundamente y se resignó sin encontrar respuesta.

¡Había que cumplir un año más!

 

... Y por fin, esa noche, también los hijos del carbonero tuvieron verdaderos regalos de Navidad.

                                                                           Mariano Ibeas

  ¡ FELIZ NAVIDAD !

EL CÍRCULO DE TIZA...

EL CÍRCULO DE TIZA...

 

 

Y aquí se cierra  (pprovisionalmente) el  “CÍRCULO DE TIZA”

¿ Qué aprendíamos en la escuela?

Buena pregunta que no tiene fácil respuesta.  Entrábamos a los cinco o seis años y una parte importante del aprendizaje se realizaba hasta los siete, la “edad de la razón y de la primera comunión” por lo tanto la alfabetización y la preparación religiosa formaba parte de los contenidos básicos del aprendizaje.

Leer, escribir y las cuatro reglas. Rara vez se llegaba más lejos.

La maestra no podía más; una escuela unitaria incluye entre veinte y treinta niños y niñas de cinco hasta catorce años, en todas las etapas de desarrollo físico, emocional, psíquico y hormonal,__ las chicas crecían deprisa__,  y gobernar semejante rebaño requiere mucha  vocación, sabiduría, paciencia y mano izquierda.

De ahí que "el ayudante de palo" entrase de vez en cuando en danza para adiestrar  al variopinto colectivo, no siempre fácil,  sumiso y deseoso de aprender. Para muchos, la escuela era una especie de maldición o de castigo, el acceso al mundo del trabajo una liberación y el hacer novillos__ aunque rara vez se conseguía__, una aventura difícil y arriesgada. Sólo algunos compañeros que tenían que hacer tareas urgentes: ayudar en el campo o la huerta o salir con el ganado lo podían conseguir con la bendición de los padres, pero con el reproche de la maestra o las amenazas del cura o del alcalde.

También era un lugar de integración en el que los mayores se hacían cargo o ayudaban a sus hermanos más pequeños y también de socialización que diríamos hoy… pero sobre todo la ocasión de unos madrugones diarios, un frío o un calor a veces insoportable y unas sesiones interminables de aburrimiento infinito… al menos yo así lo recuerdo.

Aprendíamos cantando; las tablas de multiplicar, la geografía, la aritmética, el catecismo o la historia sagrada, y lo aprendíamos de memoria. Todo era muy simple, leer en voz alta, escribir repitiendo los palotes, copiar de la pizarra, hacer las cuentas contando con los dedos, señalar en el mapa las montañas y los ríos.

Aparecemos todos en una foto, con un antiguo mapa de geografía de la península a nuestra espalda, repeinados y con nuestras mejores galas un día de primavera; esa es la imagen de nuestros  seis o siete años, la otra es la foto de la comunión vestidos de marineritos o de oficiales, ellos, a la moda de entonces y vestidas de pequeñas novias, ellas y a  veces también, si había fotógrafo, en el desfile del Corpus o recitando poesías a la Virgen en el mes de María.

El cuaderno de clase y los escasos libros no ocupaba mucho espacio y el programa era sencillo:

Lunes  Aritmética, martes Geometría, miércoles Geografía, jueves Ciencias, viernes Historia, Sábado catecismo, por las tardes lectura  y escritura, o costura__ las chicas,__, el miércoles no había clase por la tarde y el sábado tampoco, pero no faltaban las tareas que realizar en la casa o en el campo, menos cuando llovía o nevaba; esos días teníamos fiesta.

Y así llegábamos a los catorce años cumplidos y con el programa cumplido también peor o mejor; algunos no llegaban siquiera a esa fecha porque ir ”a servir”, “al campo o con el ganado”  o en el mejor de los casos, “con los frailes o las monjas” eran salidas habituales. El resto de la formación lo daba la práctica.

Más coscorrones nos daría la vida.

Mariano Ibeas

 

LA GRAMÁTICA CASTELLANA...

LA GRAMÁTICA CASTELLANA...

LA GRAMÁTICA CASTELLANA

Yo tenía 9 ó 10 años; no era de los últimos y me aburría soberanamente en clase. La maestra  Doña Prudencia les había dicho a mis padres  que, más allá de los 1400 problemas, no tenía mucho más que enseñarme, que tendrían que pensar en irme preparando para el examen de Ingreso en algún instituto o “convento”. Decían “convento”, porque era la única manera de estudiar a un precio que los padres pudiesen pagar con el resultado de las magras cosechas. Pero eso, el internado y el bachiller,  eran palabras mayores y soñar despiertos.

Así que la maestra, para que no perdiese demasiado el tiempo, un día sacó del armario un libro titulado “Gramática de la Lengua española” de la Editorial Hernando, creo.

__ Estúdiate los verbos.

Yo empecé por los verbos, claro, y a voz en grito, que era como se estudiaban  entonces las tablas de multiplicar y las conjugaciones de los verbos.

Pero al cabo de un momento, debió  atacarme el aburrimiento o tal vez la inspiración__ ¿quién sabe lo que pasa por la mente de un niño de 9 años?__, cerré el libro y fijándome en la cubierta  y con determinación y a voz en grito comencé  a conjugar de nuevo:

___” Yo gramatiqueo, tú gramatiqueas, él gramatiquea, nosotros…”

Debió ser memorable,  porque sólo recuerdo en mi cabeza y sobre mis antebrazos que intentaban protegerme, la mayor  lluvia de palos que recibí en mi vida…

Y gracias, sobre todo a la diligencia del marido de Doña Prudencia, __la vara de sauce o avellano que tenía en el rincón repartía justicia a diestro y siniestro”__*... “la letra con sangre entra”, ”aprender en cabeza ajena” , etc.

La sabiduría popular hecha teoría y práctica... o sea, gramática parda.

 

* Cita de Unamuno, "Recuerdos de juventud y mocedad".

Mariano Ibeas

…SI HACE CALOR, HAY MOSCAS

…SI HACE CALOR, HAY MOSCAS

…SI HACE CALOR, HAY MOSCAS

                Y no hay nada mejor que el vuelo de una mosca para matar el aburrimiento.  Eran libres y podían volar y nosotros nos moríamos de envidia al vernos amarrados a los duros bancos de la escuela.

Pero nuestro instinto cazador nos daba alas; era fácil atraerlas al pupitre con un simple  charquito de saliva, después poco a poco se acercaba la mano entreabierta y cuando más cebada estaba en su alimento, como si acudiese con sus otras cien mil  “a un panal de rica miel”,  un golpe certero  de guadaña  y, con suerte, la mano se cerraba con su  pieza de caza  dentro. Había que comprobar el zumbido lo primero acercando el puño a la oreja y luego, con muchísimo cuidado, capturar al prisionero. No era fácil tampoco y muchos ejemplares escogían  en un descuido la libertad. Pero a los que conseguíamos atrapar les aparejábamos las torturas más refinadas.

La más simple era arrancarles las alas, o solo una, y giraban como una peonza, o las sumergíamos en el tintero y después de un piadoso rescate, escribían sobre la superficie inclinada de la mesa o en papel la más extraña escritura que imaginarse pueda.

Otro divertimento era adjuntarles__ introducido en el abdomen__ un carrito con ruedecillas y todo, fabricado con los hilos de cualquier cable eléctrico que podíamos conseguir con facilidad en alguna basura.

No estaba esta actividad muy alejada de otros experimentos de “biología recreativa” que realizábamos con las capturas de grillos, saltamontes, tábanos, ranas, murciélagos, pájaros, gatos  o perros; nuestra conciencia ecológica no había despertado aún y el mundo que íbamos descubriendo era un tanto salvaje,  rudo y violento y a veces formaba parte esencial del aprendizaje y de la lucha por la vida. Como la pesca de truchas y cangrejos, e incluso ratas de agua a la orilla del río. Pura estrategia alimentaria.

Para todo era necesario un buen aprendizaje: capturar un grillo era fácil, bastaba con localizar el agujero y luego introducir en el mismo un palito o un cálido chorro de orina; para las ranas era preciso un largo hilo al final de un palo y un cebo que flotase en la superficie del agua, la rana se lo comía y de un tirón se la podía acercar a la orilla.

Para los pájaros era más complicado, pero teníamos entre nosotros auténticos especialistas, L. sobre todo. Buscar nidos suponía ardua labor de observación, de información sobre los hábitos de cada especie, del medio en el que se movían, de los lugares y los tiempos de nidificación, puesta o cuidado de los polluelos, y cada especie era un mundo. No creo que nadie llegase a  la categoría del “amigo Félix”, que por esos años vivía no muy lejos, pero muchos estaban en el camino…

                Y la historia de los perros y los gatos merece un capítulo aparte.

Mariano Ibeas

LA ESTUFA...

LA ESTUFA...

LA ESTUFA

La estufa presidía la actividad de la escuela en el invierno. Todos procurábamos acercarnos lo más posible  a su  calurosa presencia, maestra incluida. Sobre la estufa humeaba el vapor de las hojas de eucaliptus  sobre el agua hirviente de una olla… pero la mayor parte del tiempo estábamos lejos, la estufa no llegaba ni a templar siquiera el ambiente de la destartalada escuela unitaria;  la única manera de entrar en calor era la calle para correr.

Había que alimentar la estufa todos los días y quemaba troncos de encina que era una delicia. Los mayores debíamos procurar el combustible. El alguacil, a comienzos de temporada,  procuraba alimentar la leñera con una o dos cargas de leña… Se guardaba bajo las escaleras del campanario de la iglesia, justo enfrente de la escuela y antes de entrar,  en invierno, los mayores debíamos acarrear unos cuantos troncos para el día.

Hasta que se agotaba o era más sencillo robarlo de algún leñero vecino. Nadie se sentía culpable de eso, tampoco de los pequeños hurtos en las correrías que hacíamos por los campos de frutales  o los huertos.  Sólo había que evitar que nos pillasen. Se contaban muchas historias a propósito de ello, incluidos algunos episodios con tiros de sal o de mostacilla que alguien había recibido en las posaderas, pero los cazadores en el pueblo eran escasos, estaban muy ocupados  y el suceso nunca se demostró en la realidad.

Las otras actividades, las “labores” o las pequeñas tareas domésticas, las peleas, la búsqueda de nidos o las escaramuzas con las chicas sí eran moneda corriente antes o después de la tarea escolar.

No había servicios en la escuela y tradicionalmente ellas lo hacían detrás del horno y nosotros tras de la iglesia. Si alguien se saltaba o intentaba saltarse la norma, se chivaba a la maestra y el palo entraba en danza una vez más. Sin embargo, sí que había excepciones; algunas niñas más precoces o más “chicazos”  tomaban la iniciativa y cualquier juego, carrera o trepa a un árbol podía ser la ocasión para vislumbrar unas bragas. Alguien decía: “foto, foto” y esa advertencia era  suficiente para constatar el hecho. Años después, yo recordaba la famosa secuencia de Buñuel en la no menos famosa “cena de Tristana”, quizás nosotros, sin saberlo, no andábamos tan lejos. Sólo los mayores contaban de vez en cuando historias subidas de tono, pero en voz baja y procurando que los pequeños no se enterasen. El miedo a contarlo llevaba como consecuencia que no nos admitiesen en el círculo a los más pequeños.

Había sin embargo, otros castigos; no eran menores los que nos encontrábamos en casa cuando volvíamos con los zapatos o los pantalones rotos, los raspones, los chichones  y las heridas difíciles de disimular o las manchas de tinta o cáscara de nueces en las manos y en la ropa  o sobre todo, cuando las chicas contaban que habíamos querido propasarnos con ellas: sumaban  un castigo encima de otro.

Mariano Ibeas