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…SI HACE CALOR, HAY MOSCAS

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…SI HACE CALOR, HAY MOSCAS

                Y no hay nada mejor que el vuelo de una mosca para matar el aburrimiento.  Eran libres y podían volar y nosotros nos moríamos de envidia al vernos amarrados a los duros bancos de la escuela.

Pero nuestro instinto cazador nos daba alas; era fácil atraerlas al pupitre con un simple  charquito de saliva, después poco a poco se acercaba la mano entreabierta y cuando más cebada estaba en su alimento, como si acudiese con sus otras cien mil  “a un panal de rica miel”,  un golpe certero  de guadaña  y, con suerte, la mano se cerraba con su  pieza de caza  dentro. Había que comprobar el zumbido lo primero acercando el puño a la oreja y luego, con muchísimo cuidado, capturar al prisionero. No era fácil tampoco y muchos ejemplares escogían  en un descuido la libertad. Pero a los que conseguíamos atrapar les aparejábamos las torturas más refinadas.

La más simple era arrancarles las alas, o solo una, y giraban como una peonza, o las sumergíamos en el tintero y después de un piadoso rescate, escribían sobre la superficie inclinada de la mesa o en papel la más extraña escritura que imaginarse pueda.

Otro divertimento era adjuntarles__ introducido en el abdomen__ un carrito con ruedecillas y todo, fabricado con los hilos de cualquier cable eléctrico que podíamos conseguir con facilidad en alguna basura.

No estaba esta actividad muy alejada de otros experimentos de “biología recreativa” que realizábamos con las capturas de grillos, saltamontes, tábanos, ranas, murciélagos, pájaros, gatos  o perros; nuestra conciencia ecológica no había despertado aún y el mundo que íbamos descubriendo era un tanto salvaje,  rudo y violento y a veces formaba parte esencial del aprendizaje y de la lucha por la vida. Como la pesca de truchas y cangrejos, e incluso ratas de agua a la orilla del río. Pura estrategia alimentaria.

Para todo era necesario un buen aprendizaje: capturar un grillo era fácil, bastaba con localizar el agujero y luego introducir en el mismo un palito o un cálido chorro de orina; para las ranas era preciso un largo hilo al final de un palo y un cebo que flotase en la superficie del agua, la rana se lo comía y de un tirón se la podía acercar a la orilla.

Para los pájaros era más complicado, pero teníamos entre nosotros auténticos especialistas, L. sobre todo. Buscar nidos suponía ardua labor de observación, de información sobre los hábitos de cada especie, del medio en el que se movían, de los lugares y los tiempos de nidificación, puesta o cuidado de los polluelos, y cada especie era un mundo. No creo que nadie llegase a  la categoría del “amigo Félix”, que por esos años vivía no muy lejos, pero muchos estaban en el camino…

                Y la historia de los perros y los gatos merece un capítulo aparte.

Mariano Ibeas

 

04/12/2013 16:30 MARIANO IBEAS #. 1400 PROBLEMAS

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