El poeta no siempre está presente...
VEINTICUATRO
“Él me dijo:
Entonces verías cómo las heridas se convertían en tinajas de vino,
que los verdugos bebían a la salud de sus dioses”.
El poeta no siempre está presente,
no está ni se le espera,
sufre de la inspiración,
del soplo de los dioses
y solo habla por pluma de ganso,
cuando se manifiesta
a ala luz
y dice lo inenarrable.
Su voz es como una herida
que supura,
como el fiel de la balanza
que no se manifiesta tampoco
más que en el temblor y la duda,
cuando el tiempo y la justicia
hacen su labor
y marcan el final del tiempo
tal vez injusto
a la hora de la muerte.
Con suerte, el poeta
no ha dicho aún
su última palabra:
lo no dicho aún
por indecible
lo no nombrado aún
por innombrable
como el número de las arenas
del desierto,
o el número de las estrellas
y de pájaros:
sonidos, palabras, estribillos
que se repiten en el mismo orden,
nana, salmodia o cantinela
que suenan y resuenan,
como el ritmo del mar
y de las olas:
un, dos, un, dos, un, dos,
como el latir del corazón
el soplo de aire en los pulmones
se lanza luego en explosión
de la caverna
que convocan a la acción y a la vida,
a la práctica de la piedad,
al encuentro del otro
y de lo otro
el hombre taciturno
que se manifiesta
en la palabra:
hombre al fin.
Mariano Ibeas 24/01/2025
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