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DESDELDESVAN

ANA ROSSETTI II

ANA ROSSETTI  II

 

HASTA MAÑANA, ELENA II

 

            En otra situación Pedro se hubiera escaqueado y si el jefe se mosqueaba y le daba puerta, pues… mala suerte. Pero esto no era una ventolera suya. Ojalá lo fuera. Aparte de que últimamente tenía muy claro que debía ir de legal.  Revisó una y otra vez las sobadas páginas de la agenda y giró compulsivamente el disco del teléfono. Qué fechas más chungas. A esas horas, todo el mundo estaba en la piscina. ¿Cómo avisar de que iba a despistarse tres días, por lo menos? Seguiría intentándolo una y otra vez. Bruscamente se volvió para aplastar el cigarrillo y el cenicero se volcó en la tapicería. Qué cerdada de casa. Si Elena volviese y se encontrase sus helechos como mimbres…

 

            Elena reunió con la escoba los fragmentos del vaso. Llevaba una buena racha sin hacer destrozos; ya no estaba tan nerviosa. Los malos ratos pasados empezaban a diluirse y poco a poco, a medida que se apaciguaba, mejoraba su aspecto. Hasta el médico le comentó que la notaba más animada. Por favor, tenía que restablecerse, superar esa anemia que la estaba volviendo traslúcida como el alabastro, como una larva sorprendida en al mitad de su metamorfosis, como la tulipa que encendía  su medusa sobre la mesa del comedor. En septiembre se reanudaba el curso y no le quedaba más remedio que salir del refugio, volver y tomar una decisión. Sí, necesitaría contar con todas sus fuerzas. Empujó al interior del recogedor la plateada escarcha del duralex. En la pila del fregadero, el hielo deshacía su celofán.

 

            Lo llamaron de la clínica y él sintió una punzada tan aguda que lo insensibilizó para todo lo que no fuera ese dolor preciso y persistente. Salió de casa como un autómata. Ni se dio cuenta del trayecto hasta el hospital. Ni siquiera supo cómo llegó a la planta adecuada sin preguntas ni equivocaciones. Cuando le hicieron pasar se sentó frente a un doctor que le hablaba condolido, como excusándose por el estilete que le estaba clavando hasta la empuñadura. Pero Pedro contaba las tiritas de la persiana de arriba abajo y de abajo arriba y cuando, con un esfuerzo apartó la vista para mirar a su interlocutor sólo pudo dirigirla a una piedra roja que fulguraba en los dedos del médico. Qué horterada, pensó. Santo cielo, estaba allí mientras ese tipo le daba un golpe bajo y sólo era capaz de concentrarse en un anillo. Bajó a la calle a toda prisa, sin esperar al ascensor. Elena. Elena. No me he portado bien. Las sábanas están con dos dedos de mugre. Y eso que era nuestra tienda de campaña, nuestro tratado de paz. Pedro cruzó en rojo como una exhalación y aterrizó milagrosamente en la otra acera. Eran súper. Nos hacían ser ángeles y bestias, dulces y crueles al mismo tiempo. Tú nunca eras la chica lista ni yo el chico malo, porque ellas eran mágicas, pero ahora están de puta pena por mi culpa. No he podido salvarlas de toda esta mierda. Ahora son como serpientes enroscadas por la moqueta sucia. Y si vieras tus helechos… que están más tiesos que ni

Que fueran de escayola, Elena. Pedro entró en la oficina de telégrafos y rellenó el impreso  como el que lanza un ancla confiando encontrara donde afianzarse.

            ( Continuará... y  terminará)

Cuadernos de ARETUSA, Zaragoza 1991

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