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LA HERENCIA DE DON ALEJANDRO...

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La herencia de Don Alejandro (I)

 

La ilustración del siglo XIX había llegado antes a la casa de mi abuela a lomos de una mula que, además de cargar la vieja mesa de nogal, __el tablero todo de una pieza__ trajo también al ajuar de la casa restos de vajilla descabalada, pocillos de café o de chocolate, algunos desportillados, pero que habían lucido en las meriendas de la rectoral e incluso antes de eso, en mejores mesas; también cargó la mula con los libracos de un tío cura, que por lo que deduje, se llamaba  Don Alejandro.

                Yo, sentado en el suelo, en los sacos o en los montones de grano del desván, había hojeado siempre aquellos libracos  enormes, algunos con cierres de metal,  que pesaban como hierro sobre mis piernas. Y pasaba las horas  descifrando aquellos mensajes extraños y misteriosos, algunos en latín,  otros, los más, seguían siendo un enigma y no pasaba de la primero página.

Los libracos siguieron estando en el desván hasta que una reforma reciente del tejado de la casa,  los entregó como botín a un ropavejero, anticuario o chamarilero que sólo se interesó por los de mayor fuste, unos libros  in folio o en cuarto encuadernados en tela y lomo de cuero, con guardas y cierres de bronce… el resto de los libros debió perecer en algún fuego purificador en el patio trasero o en la huerta, como sucedió en el expurgo de la biblioteca de nuestro señor Don Quijote.

                En este caso, la purificación por el fuego, se debió a la furia limpiadora de mi tía y de mis primas. Aquellos libros siempre añorados desaparecieron para siempre…  todos menos uno, un manuscrito  con letra cuidada y repulida que terminaba así: “Dado en Aoíz a tantos de tantos de mil ochocientos tantos”… pero ésta es otra historia que volveré a contar más de una vez.

                Mi memoria de seis o siete años me dice que pronto  fui capaz de deletrear algunos de aquellos títulos en letra gótica y  numeración romana, me dice que, aparte de algunos libros de tamaño pequeño, obras de piedad o devocionarios,  se trataba en su  mayor parte de algunos tomos sueltos de  “La ciudad de Dios” de San Agustín, algún devocionario o libro canónico de horas en latín, de las prolijas obras de devoción en ediciones decimonónicas y también otros, cuya lectura al parecer mi abuelo solía realizar en las largas veladas de invierno…

Mariano Ibeas

 

 

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gravatar.comAutor: Beatus

Bienretornado. Ya te añorábamos. Seguiré contigo recordando días de mi infancia. Un abrazo.

Fecha: 10/03/2014 13:10.


Autor: Mariano Ibeas

Gracias, Beatus, gracias por la fidelidad. Un abrazo.

Fecha: 10/03/2014 17:45.


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