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UN VIAJE EN TRANVÍA

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UN VIAJE EN TRANVÍA

En principio el viaje no debía ser más que eso, un viaje más de casa al centro de la ciudad.

Y sin embargo.

El convoy  dio un pequeño latigazo y se paró. Estos sistemas de transporte tan nuevos, tan automáticos, tan sofisticados parecen tener vida propia y tomar sus decisiones de modo independiente, por encima  de la voluntad del conductor… y de los viajeros.

El conductor no daba crédito, estaba nervioso; las pantallas y las lucecitas del tablero de a bordo estaban apagadas. Sólo funcionaban los sistemas de visualización de las aceras, y el micrófono de interconexión __ supongo__ con la unidad central.

Yo estaba  sentado en la primera fila en sentido de la marcha y el convoy iba casi de vacío; un buen lugar para curiosear lo que se cocía en la cabina del conductor.  A mi lado viaja una señora de unos cincuenta años. En el convoy cincuenta o sesenta personas.

El resultado del parón: un traspiés para  unos cuantos viajeros que viajan de pie  y una joven que se queja de un dolor en la muñeca…  Hay comentarios para todos los gustos:

__ “Debe dar parte”

__ “Tiene que pedir un parte”

__ “¿Parte de qué, a quién?”

__ “Parte del incidente al conductor.”

__ “No, que se lo harán en urgencias”.

__ “No, que se lo hará el conductor”

__ “No, pero si ya casi no me duele”

__ “Sí , pero por si acaso, usted vaya a urgencias, que luego nunca se sabe”.

Oigo que la joven habla por teléfono:

__ “Sí, acabo de llegar a Zaragoza… sí, todo bien, sí, enseguida, sí, ahora mismo llego…”

El conductor  habla de nuevo por el interfono y  pone en marcha el convoy;  en la parada siguiente, se acerca la joven a la cabina, explica someramente lo ocurrido y el conductor le pide sus datos, “para confeccionar el parte”. Aparece un inspector, nueva explicación y le ofrece a la joven un papelito con los teléfonos  de contacto “por si acaso”, se deshace en amabilidades y el convoy continúa su recorrido…

                                            ***

Contemplo El Ebro, crecido en una avenida que dura ya casi dos meses, a ambos lados del puente de Santiago como desde un escaparate;  el agua baja color barro a buena velocidad, las últimas lluvias le han dado fuerzas y ocupa el espacio con una subida de cuatro a cinco  metros; los bomberos montan guardia a la altura de Helios y los patos  exploran  las orillas.

Mientras tanto, la señora que se sienta a mi lado llama por teléfono móvil, es un modelo desgastado y antiguo. Le responde una voz infantil. Hoy es martes después de Pascua  y también los días siguientes de la semana, los escolares en esta comunidad no tienen clase…

__ ¿Quién?

__ …. , ….,

__ ¿ El tío Alberto?, no puede ser…

La señora está cada vez más nerviosa, a punto de estallar en llanto.

__“ Tú,  tranquilo, ahora llego a casa, tú tranquilo… ya llamo yo, ahora llego”...

 La señora no acierta a marcar un número el teléfono, el teléfono no funciona, lo estruja, desmonta la tapa trasera, presiona la pila, la tarjeta y al final… lo consigue, marca un número de contacto:

__ “Mi  hermano, Alfredo, ha muerto”.

La señora suspira profundamente, se esconde tras sus gafas, arruga un pañuelo,  se mueve, nerviosa,  rebusca en el fondo del bolso, un monedero, las llaves… aprieta nerviosa un manojo de llaves…

__ ”Señora, ¿le ocurre algo?,¿ puedo ayudarla?”__ esto es lo que pienso, pero no lo digo.

No sé qué podría decir,qué podría hacer en realidad,para ayudarla. “No se deben escuchar las conversaciones de los demás,__ pero la vida se exhibe a través de los teléfonos móviles__, no se debe intervenir, inmiscuirse en la vida de los otros”.  Ciegos y sordos  a lo que ocurre alrededor, somos  sólo viajeros, usuarios, clientes, coincidentes, coexistentes, medio millón de personas que pasan unas al lado de otras… indiferentes, cada día.

Prefiero no pensar. Entiendo que es difícil ayudar, en ese momento y en esas circunstancias…; solamente puedo esperar  y desear que el convoy siga su camino, que no haya más incidentes, que vaya más deprisa, que la señora llegue a su destino, cuanto antes…

Yo me bajo en la próxima.  Un timbre me alerta. La voz del sistema anuncia mi parada.

La señora que durante el trayecto fue mi compañera de asiento en un viaje del tranvía, sigue sentada, a punto de  estallar en llanto seguramente,  pero no lo hará hasta la próxima parada, cuando llegue a su destino, cuando se baje… Yo no lo veré.

Yo me bajo, ésta es mi parada,  la vida sigue…

 

                                                     Mariano Ibeas  2/03/2013

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