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CANTANDO LAS TABLAS

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CANTANDO LAS TABLAS.
Cunchillos-Tarazona (Zaragoza) (Años50-60)
Era un desgañitarse, un griterío entremezclado, ensordecedor y confuso. Canto coral anárquico, una escandalera. Cada uno, lo recitaba a voz en grito. Era una letanía gritona, imposible de entender nada, solo tu grito resonaba en tu cerebro. Algunos, lo acompañaban con movimientos arriba y abajo de cabeza, con golpes acompasados de manos o patadas en el suelo de tarima. El ruido, el olor, a escuela vieja, a tiza y polvo, lo inundaba todo. Las ventanas cubiertas de vaho no dejaban ver las nieves del Moncayo.
Una plegaría, un rezo, unas tablas, repetidas hasta el infinito, se graba de por vida en el cerebro en desarrollo del niño.
Aquel día, tocaba cantar las tablas. Tablas de multiplicar, sumar, dividir o restar. En la escuela estábamos divididos por edades. La escuela era mixta, cuarenta y siete entre niños y niñas, todos juntos, y revueltos desde los cinco a los doce años.
Yo entré a la escuela con seis años, que era la edad obligatoria, si entrabas a los cinco, había que pagar al maestro. Mi madre, no tenía una perra, y no estaba para esos gastos, así que entré cuando en marzo cumplí los seis años.
Lo que me viene a mi mollera, era aquello de repetir las tablas, y sobre todo las de multiplicar y dividir. Las de sumar y restar, como que casi no me acuerdo de haberlas cantado. La del siete, era la que mas me costó aprender, no sé muy bien por qué sería, se me atragantaba, me liaba.
Lo de cantar las tablas, es algo que tengo gravado como si fuera el canto de la Lotería de Navidad. Se cantaban con un ritmo, con un tono. Todavía estoy pensando, quien sería el creador de ese tono tan original, especial, único. A veces, me recuerda a los niños musulmanes recitando y aprendiendo de memoria, el Corán en las escuelas coránicas.
Sea como fuera el método, hoy es el día que me sé todas las tablas del uno al diez y del diez al uno.
Aquel método de enseñanza era genial, al estar juntos grandes y chicos, lo que repetían los mayores se nos quedaba a los más pequeños, así que cuando pasábamos a otra cartilla, ya lo habíamos oído un montón de veces.
Ya habrá tiempo para extenderme en otros relatos de la escuela, hoy solo quería contar aquellos recuerdos de cantar las tablas.
Cuando el maestro se ausentaba de clase, nos mandaba como deberes, el repasar las tablas. Aquello era una escandalera, cada uno intentaba gritar más que nadie. Solo cuando la Rosa Mari, veía venir al maestro a través del vaho, se bajaba el tono, dando antes un redoble con los pies y las manos, empujones y todos a callar, que ya sube el maestro por la escalera.
Ahora, me rio de aquel griterío, maravillosos cantos corales de las tablas.
-José Luis Gómez Ledesma, un cunchillero en Getxo
-Domingo, 27 de diciembre de 2020.
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